Antonio M. Rivera
 
Evi Jimenez
 
 
 



LA HORA DE FIDEL CASTRO

Odiado o idolatrado, de su existencia
depende la supervivencia
del régimen comunista cubano.






Mario Bango *
La Voz de Asturias
España
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José F. Sánchez
Analista
Jefe de Buró
Cuba
Dept. de Investigaciones
La Nueva Cuba
Enero 27, 2007





Ahora que Fidel Castro se apaga en la cama de un hospital de la isla más asturiana del mundo recuerdo con claridad la tarde en la que, formando parte de un grupo de periodistas que acompañaban un viaje oficial del entonces presidente del Principado Antonio Trevín, saludamos al comandante. Fue un acto sin protocolo, a mediados de los 90, previo a la entrevista oficial con la delegación asturiana en el que el dirigente cubano de origen gallego hizo un alarde de conocimientos sobre la región. Abundó en preguntas sobre los recursos agrícolas y ganaderos con esa prosodia tan reconocible y después se quejó de la poca capacidad productiva de aquel territorio pese a que se encuentra en un espacio privilegiado para la generación de recursos agrícolas.

La proximidad física con Fidel Castro, del ser humano, alto y enjuto, tan lento de gestos, tan prosopopéyico, ahuyenta enseguida la imagen creada durante años por los disidentes huidos del régimen, por los medios de comunicación y por sus muchos enemigos políticos. Ese Fidel preguntón y de ojos pequeños que escuchaba con una atención afectada y que parecía capaz de captar hasta la más irrelevante información que le proporcionaban no casa fácilmente con el líder odiado que conocemos en Europa. Incluso para mí que soy refractario a crear ídolos de ningún tipo, aquel paisano me resultaba cercano, casi como si lo hubiera conocido de toda la vida. No me produjo ninguna sensación especial el encuentro, ni siquiera la de tener cerca a un personaje que durante décadas ha sido uno de los baluartes del rancio comunismo internacional y de la resistencia al capitalismo significado en EE UU.

Así que Castro no me cayó simpático ni antipático sino todo lo contrario. Obvié por un momento todo lo que había oído sobre las persecuciones políticas y personales del sistema que había instaurado tras la caída de Fulgencio Batista pero también todo lo que había leído de sus exégetas, entre ellos Gabriel García Márquez. Y me quedé pendiente de aquel señor más bien mayor tan interesado y que, sin ningún género de dudas, tenía un punto de vanidad senil. Iba vestido con un uniforme que se desdecía claramente con un cuerpo que ya pedía otro tipo de ropa, pero que identificaba la marca. Ese imagen del Fidel Castro militarizado era la que recordábamos. El mismo que había convertido a una isla aventajada en un erial, el que había arrebatado por las bravas los terrenos, las haciendas y los negocios de tantos asturianos que habían prosperado en el vergel tropical. La evolución de aquellos revolucionarios en comunistas ortodoxos era bien conocida entre nosotros. Nada nuevo por esa parte.

Pero era también el Fidel que habían mitificado las izquierdas europeas, el que resistía el embate de todos los Kennedy, los Nixon, los Reagan, los Clinton y los Bush que habían pasado por la Casa Blanca. El luchador que había expandido la Revolución de la mano del icono de los progres, el Che Guevara. El político idolatrado por las juventudes comunistas que, según sus defensores, había convertido a Cuba en el único territorio del Caribe en el que la educación y la sanidad eran dos pilares de su sistema social. El gestor que con el apoyo férreo de la antigua Unión Soviética había sido capaz de aguantar un continuado e injusto bloqueo de su rico y prepotente vecino del norte.

Ese era, en fin, el Fidel que teníamos delante aquel caluroso y húmedo día de noviembre, quien poco antes había recibido y había intimado con el Manuel Fraga que entonces presidía Galicia y que tenía poco que ver con el ministro arrollador del franquismo. Las buenas migas de aquellos dos gallegos sobresalientes tan vinculados a la isla siempre me hizo pensar que la política estereotipa demasiado a los personajes y no los deja convivir con su circunstancia. Hasta que las relaciones personales rompen ese muro que crean unos y otros y se descubre que detrás de los clichés siempre hay un tipo interesante, sea un antiguo ministro franquista o un revolucionario venido a menos.


AHORA QUEhan pasado los años, que el comunismo soviético y el cubano son una entelequia difícilmente defendible por nadie, que el capitalismo salvaje avanza imparable por todas partes y espera ansioso el día que pueda reformar el Malecón de La Habana para convertirlo en el principal atractivo turístico de la isla, ahora Fidel si que parece una figura de cera. Y su homólogo venezolano, Hugo Chávez, otra. Para una mentalidad europea, acostumbrada al progreso, ya sea bajo gobiernos conservadores o progresistas, al bienestar y al aburguesamiento social, Cuba era y es un lugar paradisíaco pero extremadamente pobre y decadente. Un país en el que no hay jabón ni coches nuevos, una tierra fértil y hermosa de la que nadie se ocupa porque la igualdad obligatoria que predica el comunismo - lo único que ha hecho Fidel ha sido socializar el hambre porque ahora todos comen poco- apaga el escaso entusiasmo que pudiera despertar cualquier trabajo, cualquier actividad.

Pero todo eso será un recuerdo en cuanto se pase esta página de la historia. Costará más o menos tiempo, pero sin el comandante Cuba volverá al redil norteamericano, con el apoyo de los poderosos grupos de exiliados en Miami. La transición va a ser complicada pero casi nadie duda que, finalmente, arribará a las aguas del capitalismo. Sin duda y sin Fidel.

* Periodista

 


 

 

 

 

 


 

 

 



 

 

 

 

 

 

 


 

 


 

 


 

 

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