El 31 de
julio de 2006, Fidel Castro delegó por primera vez en
su hermano Raúl todos sus cargos de gobierno debido a
una grave enfermedad. Lo hizo con carácter provisional,
pero después de un año no ha vuelto a aparecer
en público y hay consenso en que no regresará.
Desde hace un año, Raúl Castro lleva el día
a día del poder en un país agobiado por las dificultades
económicas. En apariencia nada se ha movido, pero la
sociedad demanda cambios y el jefe del Ejército parece
ser consciente de ello. En su último discurso, el pasado
26 de julio, al celebrarse un nuevo aniversario del asalto al
cuartel Moncada, Raúl anunció "cambios estructurales
y de concepto" para resolver los problemas económicos,
pero sin improvisaciones.
¿Algo
se mueve en Cuba? En apariencia, poco. En el último año,
desde que Fidel Castro cedió sus poderes, no ha habido
reformas ni cambios visibles en la isla. Lo único evidente
es que la Revolución ha sobrellevado sin caos la ausencia
de Fidel, pero también que su sistema de gobierno unipersonal
ha empezado a transformarse: ahora, las funciones de mando están
más repartidas y Raúl, como presidente interino,
impulsa un retorno a la institucionalidad, con el Partido Comunista
al frente, para preparar la etapa pos-Fidel.
En este
nuevo momento, marcado por el retiro de la dirigencia histórica
y el dilema esencial de qué reformas hacer para que la
Revolución sobreviva a sus fundadores, la palabra transición
es tabú. Tampoco se habla de sucesión. En la Cuba
oficial, el término elegido para nombrar lo que está
ocurriendo es "continuidad". Sin embargo, por encima
de los deseos, cada vez hay más indicios de que en la
isla ha empezado una transición invisible y que su motor
no es otro que las necesidades y expectativas de una sociedad
que ha cambiado.
"Poco
se parece la Cuba de hoy a la de antes de la crisis del Periodo
Especial", constata Rafael Hernández, miembro del
Partido Comunista y director de la revista Temas, uno de los
raros espacios de debate crítico en la isla. Para este
intelectual, "hablar de transición en Cuba tiene
la desgracia de que es un término empleado por Estados
Unidos y aquellos que tratan de provocar cambios desde el exterior";
dicho esto, si la sociedad ha cambiado profundamente, "es
obvio que el socialismo cubano debe transformarse también",
asegura.
El 70% de
los 11 millones de cubanos nació después de 1959,
y tres millones de habitantes tienen menos de 20 años,
es decir, sólo han conocido los rigores y el deterioro
de los valores de la Revolución. La generación
histórica desaparece. Y sus hijos y nietos, que no conocieron
los hitos románticos de la Revolución, viven una
realidad que nada tiene que ver con la de la Cuba de los sesenta,
los setenta o los ochenta. Sus sueños y aspiraciones
son muy diferentes de los de aquellos que pelearon en la Sierra
Maestra.
Las contradicciones
de la sociedad cubana son evidentes. Quebrado el igualitarismo
por las crisis y las reformas de los noventa, la dolarización
y la dualidad monetaria han dividido a los cubanos: los que
dependen del Estado y ganan sueldo en pesos, la mayoría,
difícilmente llegan a fin de mes; y la minoría
que se mueve en el área dólar disfruta de una
Cuba muy diferente. Con las propinas, un empleado en un hotel
de La Habana puede ganar 20 veces más que un médico.
Pero la inversión de la pirámide social es sólo
una parte del problema. "El Estado ya no puede garantizar
a los ciudadanos un nivel de vida decoroso, y tampoco permite
que la gente se busque la vida por sus medios", explica
un economista que trabaja en la Universidad de La Habana. Pone
un ejemplo: "El trabajo por cuenta propia, autorizado en
1993, llegó a ser ejercido legalmente por 200.000 personas
(en 1995); hoy, las licencias concedidas superan apenas las
100.000".
La alimentación
en Cuba es un problema, pero más del 25% de las tierras
del Estado está sin cultivar. El Gobierno admite que
el camino para "garantizar la irreversibilidad de la Revolución"
es producir y mejorar la vida de la gente, pero niega a las
ineficientes empresas del Estado capacidad de autogestión
y estimular adecuadamente a los trabajadores.
"La
realidad se impone; es la sociedad la que está pidiendo
a gritos transformaciones", asegura Orlando Márquez,
director de la revista católica Palabra Nueva. Por primera
vez, el año pasado la población cubana decreció.
A juicio de los sociólogos, uno de los factores es que
las mujeres jóvenes no quieren tener hijos debido a las
dificultades económicas; y por la misma causa, decenas
de miles de personas abandonan la isla cada año (sólo
a Estados Unidos, de forma legal, marchan anualmente 20.000).
Los campesinos
privados, que con el 30% de las tierras producen el 60% de los
alimentos, no quieren entregar sus mercancías al Estado
si no les pagan más. Una espontánea protesta de
intelectuales a comienzos de año puso de manifiesto que
heridas del pasado siguen abiertas y que se necesitan espacios
de debate crítico.
Después
de décadas de persecución, la lucha gay por el
respeto de sus derechos es encabezada por Mariela Castro, directora
del Centro Nacional de Educación Sexual e hija de Raúl
Castro, que promueve la aprobación de una ley en el Parlamento
que permitiría las uniones entre parejas del mismo sexo
y el reconocimiento del derecho de adopción.
Una de las
cosas que más han cambiado en los últimos tiempos
es la forma de hablar de la gente. Las habituales quejas sobre
la falta de poder adquisitivo de los salarios, los elevados
precios de los alimentos o la desgracia del transporte y la
vivienda han dado paso a críticas integrales: lo que
no funciona e impide el desarrollo económico es el modelo
tal y como está concebido hoy, y eso no se resuelve con
medidas parche.
En medios
académicos ha surgido un intenso debate sobre la necesidad
de "repensar" el socialismo cubano y la urgencia de
introducir reformas económicas y abrir mayores espacios
de participación política. Desde posiciones socialistas,
muchos han señalado que el momento es crucial y que postergar
los cambios hipotecaría el futuro de la Revolución
y las conquistas alcanzadas. En estos ambientes -y también
en la calle- se escuchó con atención el discurso
pronunciado por Raúl Castro el pasado 26 de julio, en
el 54º aniversario del asalto al cuartel Moncada.
El jefe
del Ejército dijo que era necesario "transformar
concepciones y métodos que fueron los apropiados en su
momento, pero han sido superados por la vida", reclamó
un enfoque integral para resolver los problemas económicos
y anunció "cambios estructurales y de concepto"
en la agricultura, que incluirán nuevas fórmulas
de gestión productiva y de estimulación salarial.
Habló de acometer los cambios sin improvisar, de hacerlos
sin levantar expectativas y haciendo notar los resultados. Para
muchos, lo importante de este discurso de intenciones fue que
por primera vez se admite que el problema es estructural y que
la única forma de desarrollar el país es superar
los límites que impone el propio modelo socialista.
En apariencia,
este año sin Fidel ha sido de inmovilismo. El Gobierno
ha adoptado algunas medidas prácticas como revaluar y
ajustar las inversiones de las desmesuradas obras de la "Batalla
de Ideas"; pagar las deudas estatales acumuladas con los
campesinos privados, ascendientes a decenas de millones de dólares;
elevar hasta en un 250% los precios "de acopio" que
pagaba el Estado a los productores privados de leche y carne;
o flexibilizar la política aduanera para importar artículos
electrodomésticos, DVD y computadoras por quienes regresan
de un viaje.
Medidas
insuficientes y casi invisibles, pero que en Cuba tienen dimensión
política, pues revierten decisiones que también
eran políticas. Hace algunos meses, por iniciativa de
Raúl, el Partido Comunista pidió que empresas
y autoridades locales hicieran un diagnóstico de los
problemas principales y de las medidas económicas que
podrían adoptarse, sin invertir, para aumentar la productividad
y la eficiencia. La orientación fue presentar cualquier
propuesta, hasta las más "audaces".
Los resultados
arrojaron que el problema que más constriñe la
economía es la hipercentralización, que ha hecho
a las empresas perder márgenes de autonomía. Dirigentes
de fábricas, hoteles, compañías de transporte
y otros sectores fueron consultados, y el reclamo fue unánime:
descentralizar, vincular el salario con los resultados del trabajo,
cooperativizar servicios como la gastronomía. También,
la necesidad de revisar los límites de la propiedad estatal.
¿Cuál
es la línea roja? ¿Hasta dónde está
dispuesto o puede llegar Raúl Castro en la actual coyuntura?
Después de tanto tiempo del mismo modelo de socialismo,
mucha gente es escéptica y dice que lo que haga Raúl
es sólo para ganar tiempo. Otros aseguran que no, que
a sus 76 años, el hermano de Fidel es consciente de que
su papel es iniciar y tutelar unos cambios que son vitales para
la subsistencia de la revolución y preparar una nueva
etapa que no llevará el apellido Castro. Como en los
noventa, el momento es clave. Se decide el futuro. José
Martí, héroe nacional y el prócer más
citado en Cuba, dijo: "En la política, lo real es
lo que no se ve". Es una realidad que en la sociedad cubana,
la transición comenzó hace tiempo.